Vladimiro Mujica: Tu país está feliz

Vladimiro Mujica: Tu país está feliz

La obra, que se estrenó el 28 de febrero de 1971, se convirtió en un emblema generacional de la llamada Venezuela saudita. Según un informe presentado por el Earth Institute de la Universidad de Columbia, aquí estamos todos bien

 

No sé con certeza porqué he estado pensando con insistencia en la idea de cómo sería la puesta en escena y la concepción de la obra icónica de lo que después sería el Grupo Rajatabla y su director Carlos Giménez. Tu país está feliz se estrenó el 28 de febrero de 1971, por lo que se esperaba serian solo tres días y se mantuvo por más de tres años en cartelera. Para nosotros, adolescentes provenientes de la Juventud Comunista y luego participantes en el Poder Joven, la obra se convirtió en un emblema generacional que reflejaba la así llamada Venezuela saudita, feliz en apariencia y con una inmensa descomposición social en sus entrañas.





Puede parecer un ejercicio alucinante y surrealista para alguien que vive en Venezuela, pero vale la pena leer el Informe sobre Felicidad Mundial comisionado por la ONU y presentado el año pasado por el Earth Institute de la prestigiosa Universidad de Columbia. Quizás los lectores descubran con sorpresa que Venezuela es, según lo que recoge el estudio, un país relativamente feliz, ocupando un respetable puesto 17 a nivel mundial, en una escala donde en los primeros lugares están los países escandinavos y en los últimos algunos países africanos.

Obviamente, todo lo que está pasando en nuestro país no ha sido suficiente para destruir por completo la percepción de mucha gente de que Venezuela no es un mal lugar para desarrollar la existencia y vivir con tranquilidad. No pretendo cuestionar la metodología del estudio sobre la felicidad que obviamente ha sido llevado a cabo por una institución prestigiosa. Más bien me interesa explorar la aparente contradicción entre la infelicidad que se expresa en nuestras vidas cotidianas en un país que se cae a pedazos y la sensación que somos capaces de transmitir de que Venezuela es un país relativamente feliz.

Me imagino la escena en el teatro, donde en una pantalla se presentan los animadores sonrientes, auspiciados convenientemente por el gobierno bolivariano, presentando el informe del Earth Institute, mientras que en otra pantalla aparece el sufrimiento inextinguible de los familiares de los más o menos 20.000 venezolanos que perecen víctimas de la violencia durante cada año.

O la penuria existencial y espiritual que representa esperar por horas con unos carritos de supermercado cargados de cosas que quizás no necesitemos pero que pueden escasear. O que las mujeres deban estar atentas a caminar con el pelo recogido pendientes de la acción criminal de las pirañas que pueden cortan con destreza su cabello en los lugares públicos. O cuán felices somos mientras el país se le entrega de posaderas descubiertas al nuevo imperio chino para cubrir el derroche y la corrupción de la oligarquía chavista. O evitar contestar el teléfono cuando la llamada proviene de un número desconocido porque puede tratarse de una de las amenazas de los pranes para extorsionar a los ciudadanos y cobrar vacuna ante la mirada impertérrita de las autoridades. Pero este ejercicio sería trivializar los resultados del estudio porque, a fin de cuentas, el estudio sobre las causas que contribuyen a que la gente sea feliz está íntimamente vinculado con la erradicación de la pobreza y la miseria, dos temas de la máxima importancia.

Quizás lo que corresponde sea admitir que a pesar de la enorme contradicción que se expresa en la infelicidad de las infinitas miserias y riesgos que complican la existencia de los venezolanos y el hecho de que ante el mundo parecemos un país relativamente feliz, existe en nosotros un elemento de optimismo y confianza en que saldremos de este hueco histórico. La expresión social y política de esa voluntad reside fundamentalmente en ese importante sector de la población venezolana que se ha resistido a caer en la barbarie de la anomia y el desgobierno de quienes dirigen el país desde hace más de una década.

En la tradición política venezolana existía la idea de que la responsabilidad por los males del país recaía en el gobierno anterior. Hoy nos enfrentamos a otra formidable paradoja, la de que el gobierno anterior y el gobierno presente son una y la misma cosa. Que al mirarse en el espejo los hombres del gobierno de hoy se ven ellos mismos unos años antes, reciclados y engordados, con la excepción inescapable del Comandante Supremo y los otros muertos y olvidados de la revolución. En tu país está feliz redux, los contestarios y revolucionarios del pasado se han convertido en los fabricantes de miserias del presente.